En economía, no todo crecimiento es sinónimo de fortaleza. A pocos meses de concluir el actual ciclo gubernamental, Colombia exhibe una cifra que el Ejecutivo presenta como prueba de resiliencia: un crecimiento del PIB cercano al 2,6% en 2025. Sin embargo, detrás de ese número se esconde una pregunta incómoda: ¿estamos ante una recuperación estructural o frente a un estímulo transitorio financiado con deuda?
El problema no es la cifra, sino su composición. Cuando el principal impulsor del crecimiento es el gasto público y no la formación bruta de capital, lo que se obtiene no es expansión sostenible, sino una ilusión estadística. Y las ilusiones, en macroeconomía, suelen cobrarse con intereses.
I. La fragilidad fiscal: déficit estructural y pérdida de anclas
Colombia llega a 2026 con un déficit fiscal elevado y una deuda pública que permanece en niveles históricamente altos como proporción del PIB. Más preocupante aún es el carácter estructural del desequilibrio: el gasto rígido crece más rápido que los ingresos permanentes.
El argumento oficial sostiene que el endeudamiento responde a obligaciones heredadas y a la necesidad de proteger el gasto social en un entorno de desaceleración. Sin embargo, el debate no puede reducirse a la legitimidad del gasto, sino a su sostenibilidad intertemporal. Financiar transferencias corrientes con deuda cara, en un contexto de tasas reales aún altas, implica trasladar el ajuste hacia adelante, comprometiendo la capacidad fiscal de la próxima administración.
La credibilidad fiscal no se pierde de un día para otro; se erosiona gradualmente cuando el mercado percibe que la regla fiscal se flexibiliza, que las metas se reinterpretan y que las reformas tributarias no generan ingresos estructurales sino alivios transitorios. La consecuencia no es abstracta: mayor prima de riesgo, encarecimiento del servicio de la deuda y desplazamiento de inversión privada por absorción de ahorro interno.
El Estado se convierte así en el principal demandante de recursos financieros, compitiendo con el sector productivo. El resultado es una economía menos dinámica, más dependiente del presupuesto y más vulnerable a choques externos.
II. Inversión privada: la variable que revela la verdad
La formación bruta de capital fijo continúa rezagada. Esta es la señal más clara de que el crecimiento reciente no descansa sobre bases sólidas. La inversión no responde a discursos, sino a expectativas de estabilidad regulatoria, seguridad jurídica y horizonte energético claro.
La ambigüedad en la política de transición energética ha generado un efecto paralizante. Mientras se promueve un cambio estructural en la matriz productiva, no se ha definido con precisión el cronograma, los incentivos ni las garantías para la inversión en sectores tradicionales que aún financian buena parte del gasto público. La caída en la producción de hidrocarburos durante 2025 no es solo un dato sectorial: es una señal de advertencia sobre la sostenibilidad fiscal y externa.
Sin inversión, no hay aumento de productividad ni crecimiento potencial. Y sin crecimiento potencial, el país queda atrapado en una expansión cíclica de bajo nivel, donde cada punto adicional de PIB requiere mayores estímulos fiscales. Es una dinámica insostenible.
III. Inflación, salario mínimo e indexación: el riesgo latente
Si bien la inflación ha descendido desde los máximos observados en años anteriores, las proyecciones la ubican aún por encima de la meta del banco central. Esto plantea un dilema: consolidar la desinflación o ceder ante presiones distributivas de corto plazo.
Los incrementos significativos del salario mínimo, aunque políticamente populares, deben analizarse desde la productividad laboral. Cuando el salario crece persistentemente por encima de la productividad, se generan presiones sobre los costos empresariales que se trasladan a precios o a informalidad. En economías con alta indexación implícita —contratos, arriendos, tarifas, servicios— el riesgo es consolidar un piso inflacionario superior al objetivo.
Las propuestas de controles de precios o intervenciones administrativas para contener efectos secundarios profundizan las distorsiones. La experiencia comparada demuestra que tales mecanismos generan escasez relativa, menor inversión y señales erróneas de mercado. El resultado final no es menor inflación, sino menor crecimiento.
El banco central se ve entonces forzado a mantener tasas de interés restrictivas por más tiempo, afectando el crédito productivo y el consumo duradero. La política monetaria termina corrigiendo desequilibrios generados por decisiones fiscales y salariales expansivas.
IV. Confianza institucional: el activo intangible en riesgo
Más allá de las cifras, el verdadero desafío es la confianza. La inversión responde a expectativas. Y las expectativas se construyen sobre coherencia, previsibilidad y respeto por reglas de juego.
La reiteración de discursos confrontacionales hacia sectores estratégicos, la incertidumbre sobre reformas estructurales y la percepción de improvisación en decisiones económicas erosionan ese capital intangible. No es casual que la inversión extranjera directa muestre volatilidad y que los agentes económicos adopten posiciones defensivas.
En macroeconomía, la confianza es un multiplicador silencioso: cuando existe, reduce primas de riesgo y acelera inversión; cuando se pierde, incluso el estímulo fiscal más agresivo resulta insuficiente.
Conclusión: crecimiento aparente, riesgos reales
Colombia no enfrenta una crisis inmediata, pero sí un deterioro gradual de sus fundamentos. El crecimiento de 2025 no puede interpretarse como validación de la estrategia económica actual si está sostenido por expansión fiscal y consumo financiado.
El país necesita reconstruir anclas: disciplina fiscal creíble, reforma tributaria estructural que amplíe base y reduzca evasión, política energética clara y respeto irrestricto por la institucionalidad económica. De lo contrario, el próximo gobierno heredará un margen de maniobra estrecho, mayor costo financiero y menor espacio para políticas contracíclicas.
El debate no es ideológico; es técnico. La pregunta central es si queremos crecimiento sostenido basado en inversión y productividad, o expansión coyuntural apoyada en deuda.
Las cifras de hoy pueden celebrarse. Las de mañana dependerán de las decisiones que se tomen ahora. Y en economía, el tiempo perdido rara vez se recupera sin costos.