En Colombia, los escándalos dejaron de ser ruido de fondo para convertirse en un factor estructural de deterioro económico durante el gobierno de Gustavo Petro. No es una exageración política: es una lectura técnica de lo que ocurre cuando la inestabilidad institucional deja de ser excepcional y se vuelve norma.
Los hechos son contundentes. El escándalo en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), bajo la dirección de Olmedo López, hoy investigado por presuntos desvíos millonarios de recursos públicos, no solo evidencia fallas de control: expone la fragilidad del manejo del gasto estatal en áreas críticas. Recursos destinados a atender emergencias están hoy bajo sospecha. Ese no es un escándalo más; es una señal de descomposición institucional. A esto se suman otros episodios que profundizan el deterioro. El caso de Angie Rodríguez, envuelta en cuestionamientos que han generado ruido dentro del propio gobierno, vuelve a poner sobre la mesa un problema recurrente: la debilidad en los filtros, la validación de perfiles y la gestión del talento público. No es un hecho aislado; es parte de un patrón. cuando ese patrón se combina con situaciones críticas en sectores estratégicos, el mensaje es aún más preocupante. El accidente de una aeronave tipo Hércules de la Fuerza Pública —más allá de las causas específicas que deben establecer las investigaciones— abre preguntas inevitables sobre mantenimiento, gestión de recursos y capacidad operativa del Estado. En cualquier economía seria, este tipo de hechos activa alarmas sobre la eficiencia del gasto y la priorización presupuestal.
Pero quizás uno de los mensajes más peligrosos ha sido el de la llamada “paz total”. Lo que se presentó como una apuesta de reconciliación terminó derivando, en múltiples casos, en señales de debilidad institucional. La flexibilización frente a estructuras criminales, la suspensión de órdenes de captura y la permisividad frente a cabecillas como Iván Mordisco y sus hombres, lejos de consolidar seguridad, terminó alimentando la percepción de impunidad. A esto se sumaron decisiones profundamente cuestionadas, como liberaciones de personas privadas de la libertad en contextos cercanos a periodos electorales, generando dudas legítimas sobre los límites entre política, justicia y conveniencia electoral. Porque cuando la institucionalidad comienza a enviar mensajes ambiguos frente al delito, el impacto no es únicamente jurídico: es económico. No existe inversión sólida en un país donde el Estado parece perder autoridad territorial y legitimidad institucional. La seguridad sigue siendo uno de los pilares fundamentales para el crecimiento económico, especialmente en sectores como agroindustria, infraestructura, minería, logística y turismo. Y hoy Colombia transmite exactamente lo contrario: incertidumbre. Como si fuera poco, episodios simbólicos terminaron agravando la percepción de deterioro institucional. La polémica tarima utilizada en Medellín, en medio de tensiones políticas y discursos confrontacionales, y la escandalosa fiesta en la cárcel de Itagüí, convertida prácticamente en un espectáculo de privilegios e irrespeto a la autoridad, son imágenes que terminan consolidando una narrativa devastadora: la pérdida progresiva del control del Estado. Y mientras estos escándalos se acumulan, los indicadores empiezan a reflejarlo.
La inversión extranjera directa, que en años recientes rondaba o superaba los USD 14.000 millones, muestra señales de enfriamiento en sectores clave como energía e hidrocarburos, precisamente donde la incertidumbre regulatoria es mayor. El riesgo país, medido a través de los CDS, ha reaccionado en momentos de tensión política, incorporando una prima adicional por la incertidumbre interna. Traducido: hoy financiar a Colombia es más costoso en contextos de inestabilidad. En paralelo, figuras cercanas al poder como Armando Benedetti han protagonizado episodios que tensionan al Ejecutivo, mientras casos como el de Nicolás Petro han abierto investigaciones que golpean directamente la credibilidad del gobierno. No se trata de anticipar fallos judiciales, sino de reconocer un hecho básico: la estabilidad política ya está comprometida. Y cuando la política se vuelve inestable, la economía lo paga.
Comparar no es capricho; es necesario. Gobiernos anteriores también enfrentaron escándalos, pero la diferencia radicaba en su manejo: contención, reacción institucional y un esfuerzo por aislar el impacto económico. Hoy ocurre lo contrario. Las crisis se prolongan, se acumulan y se convierten en un elemento permanente del entorno de gobierno. El resultado es un desgaste progresivo. Un gobierno ocupado en defenderse pierde capacidad de gobernar. El capital político se diluye, las reformas estructurales se debilitan y la política económica pierde coherencia. Y sin coherencia, no hay confianza. Sin confianza, no hay inversión. Y sin inversión, no hay crecimiento.
Colombia entra así en un terreno peligroso: déficit fiscal presionado, crecimiento insuficiente y una institucionalidad que empieza a mostrar grietas. No es una crisis declarada, pero sí una trayectoria preocupante. Aquí conviene decirlo sin matices: los escándalos no son gratis. Nunca lo han sido. Pero en este gobierno, su acumulación está empezando a pasar factura de manera más visible, más rápida y más profunda.
Porque al final, la economía no responde a discursos. Responde a hechos. Y los hechos hoy son claros: cuando un gobierno normaliza el desorden, relativiza la autoridad y convierte la crisis en rutina, el país entero termina pagando el costo del deterioro.