Han pasado más de dos meses desde que, en la mañana del 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió a Pereira y gran parte del Eje Cafetero, dejando víctimas, miles de damnificados y una ciudad obligada a replantear su futuro. Lo que debía marcar el inicio de una reconstrucción ágil y ejemplar parece haberse convertido en una carrera contra el tiempo, mientras los resultados siguen siendo insuficientes para la magnitud de la tragedia.
Las ciudades no solo se destruyen cuando ocurre un terremoto. También comienzan a deteriorarse cuando la respuesta institucional pierde el sentido de urgencia que exige una emergencia de esta dimensión. Hoy, la imagen dominante en varios sectores de Pereira continúa siendo la misma: edificios condenados que siguen en pie, calles parcialmente cerradas, comerciantes esperando respuestas y ciudadanos preguntándose por qué las demoliciones avanzan con tanta lentitud. Es cierto que demoler un edificio no consiste simplemente en llevar una retroexcavadora; cada estructura requiere estudios de ingeniería, procesos jurídicos, evacuaciones, decisiones sobre propiedad privada, manejo ambiental, contratación y estrictos protocolos de seguridad. Sin embargo, esos procedimientos no pueden convertirse en una justificación permanente para la inacción.
Cada día que un edificio permanece sin intervenir prolonga la incertidumbre de cientos de familias, retrasa la recuperación del comercio, desalienta nuevas inversiones y mantiene sectores enteros de la ciudad atrapados entre la emergencia y la normalidad. Pero el costo de la espera no se mide únicamente en escombros. También se refleja en la economía. Las estimaciones conocidas indican que la reconstrucción de Pereira podría superar los 13,8 billones de pesos, una cifra equivalente a varias veces la capacidad anual de inversión del municipio. A ello se suma un panorama preocupante: más de 55.000 empleos afectados, cerca de una de cada cinco viviendas con algún nivel de daño, 167 sedes educativas impactadas —afectando a más de 57.000 estudiantes— y un comercio que aún no recupera el dinamismo que convirtió al centro de Pereira en el corazón económico del Eje Cafetero. Las propias demoliciones ilustran la magnitud del desafío. Inicialmente se estimó una inversión cercana a 30.000 millones de pesos, pero posteriormente el costo proyectado aumentó hasta 85.000 millones, con alrededor de 450 estructuras que requieren intervención. Cada retraso no solo incrementa los costos financieros; también prolonga la incertidumbre de miles de familias y empresas que siguen esperando el inicio real de la recuperación.
La experiencia internacional demuestra que las ciudades afectadas por grandes terremotos suelen requerir entre tres y diez años para recuperar plenamente su infraestructura, dependiendo de la capacidad financiera y de la eficiencia institucional. Nadie espera que Pereira esté completamente reconstruida en pocos meses. Lo que sí espera la ciudadanía es un plan con metas claras, cronogramas públicos y avances verificables. Y es justamente ahí donde surgen los mayores interrogantes. ¿Cuál es el cronograma definitivo de las demoliciones? ¿Qué criterios determinan las prioridades? ¿Cuándo podrán regresar las familias y reactivarse plenamente las zonas afectadas? La reconstrucción no puede convertirse en una sucesión de anuncios. Los ciudadanos terminarán evaluando esta etapa no por las reuniones realizadas ni por los comunicados oficiales, sino por las obras ejecutadas y por la velocidad con que la ciudad recupere su actividad económica y social.
El alcalde de Pereira y el gobernador de Risaralda enfrentan el mayor reto de sus administraciones. La historia no medirá sus discursos durante la emergencia, sino la eficacia de las decisiones adoptadas para devolverle a Pereira la seguridad, la confianza y el dinamismo que siempre la han caracterizado. Pereira siempre ha demostrado una enorme capacidad para levantarse de las dificultades. Su historia está construida sobre el trabajo, el emprendimiento y la solidaridad de una sociedad que muchas veces ha tenido que resolver sus propios desafíos. Pero esa fortaleza ciudadana necesita hoy una institucionalidad que esté a la misma altura.
La reconstrucción no puede depender exclusivamente de que el Gobierno Nacional defina, transfiera y ejecute cada una de las soluciones. Esa parece ser, hasta ahora, la expectativa de algunos sectores políticos y empresariales de la ciudad: esperar que desde Bogotá llegue la respuesta definitiva antes de avanzar. Pero una emergencia de esta magnitud exige iniciativa local, capacidad de gestión y acciones paralelas mientras se articulan los recursos nacionales. El municipio, la Gobernación, el sector privado, los gremios y la sociedad civil tienen la responsabilidad de construir una agenda propia de recuperación: acelerar procesos que estén bajo su competencia, identificar soluciones temporales, proteger el empleo, acompañar a los empresarios afectados y generar confianza en quienes todavía dudan si invertir o permanecer en Pereira.
Los recursos nacionales serán fundamentales, pero no pueden convertirse en una excusa para la inmovilidad. Las grandes ciudades no se reconstruyen esperando una orden externa; se reconstruyen cuando sus dirigentes toman la iniciativa, coordinan esfuerzos y convierten la dificultad en un propósito colectivo. Los escombros terminarán desapareciendo. La verdadera pregunta es si Pereira será capaz de recuperar rápidamente la confianza, la inversión y el dinamismo que la han convertido en una de las ciudades más importantes del país.